Acá vive gente

“Mi esposo va a ser enterrado acá, en el lugar que se crió, para que vean que acá vive gente. Mi esposo se quedó a ayudar a sus hermanos porque les quieren robar la tierra. Mi esposo nunca peleó. Creía en Dios, era evangelista. Y amaba este lugar, su lugar: El Simbol.” A Miguel Galván lo asesinaron en su casa, entre Salta y Santiago del Estero, el pasado 10 de octubre. Al sicario del terrateniente de turno se le encasquilló el revólver del 38 y tuvo que darle una puñalada en la yugular, para que callara de una vez y dejara de defender el alambrado y usurpación de sus tierras por parte de Agropecuaria La Paz S.A. Parece un western, pero no lo es. Es la tragedia silenciada en la que vive Argentina, Paraguay y todo el Chaco, y que sólo cuando revienta en forma de crimen llega en forma de noticia. Es la próxima crisis, que va incubándose lentamente y que en Paraguay ya ha derivado en un golpe de Estado de última generación, revestido de exquisitas formas constitucionales.
Después de la de Cristian Ferreyra hace once meses, otro compañero del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE), esta es la cuarta víctima mortal desde el 2009 a manos de bandas armadas. La espiral de amenazas, agresiones y violencia crece en paralelo al aumento del cultivo de soja en Argentina, fundamentalmente de variedades transgénicas. Este año serán 43 millones, frente a las menos de 11 millones de toneladas en la temporada 1990/91, que permiten convertir a este país en el tercer exportador mundial. Entre otras cosas, para alimentar masivamente a nuestros pollos, vacas y cerdos, después de la crisis de las vacas locas, o producir
biocombustibles.
Toda una fórmula de éxito económico, que permitirá en las próximas semanas liquidar el último vencimiento de la deuda contraída durante el corralito de principios de la década pasada. A cambio, más de seis mil pequeñas y medianas explotaciones agropecuarias cierran cada año para que el modelo de agroexportación industrializada produzca divisas a toda máquina, llevándose por delante poblaciones indígenas y biodiversidad, sin que las leyes que los protegen y que se han ido ganando paso a paso en los últimos años, gracias a la lucha del Movimiento Nacional Campesino e Indígena y otras organizaciones, puedan evitarlo. Un campo sin campesinos, gestionada casi por control remoto desde los elegantes lofts de Puerto Madero en Buenos Aires, donde plantear otra manera de vivir, de relacionarse con la tierra y de organizarse, te puede costar la vida.
Hay mucho dinero en juego: los seis mil millones de dólares que ingresa la Hacienda argentina en años con buenos precios en el mercado internacional como este, para empezar, y los incontables beneficios del puñado de empresas que controlan el negocio. Un sistema perfecto de centrifugación y desarraigo de personas, de destrucción de saberes y culturas, de involución democrática, de erosión del tejido productivo, y de pérdida de un capital natural que hará falta el día que toda la estructura tecnológica, económica y geopolítica vuelva a fallar. Y la cosa no remite: las crecientes necesidades alimentarias chinas están agravando el problema, al impulsarse la firma de acuerdos estratégicos para la explotación de miles de hectáreas a través de sus empresas paraestatales, como ya estaba ocurriendo en África. Miguel amaba tanto su tierra llena de quebrachos, inabarcable y generosa, como su dignidad de campesino y su voluntad de ser libre. Descanse en paz en ella, ojalá sea la última víctima de un sistema y de una deuda que hoy tanto evocamos por estos pagos.

Miquel Carrillo, 13/11/2012

http://blogs.elpais.com/3500-millones/2012/11/un-nuevo-asesinato-por-tierras-en-america-latina.html

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