El derecho a pasear

A veces no nos damos cuenta del todo de lo que supone vivir en un contexto de violencia permanente para una ciudad o un país, y cómo impacta en la calidad de vida de las personas. Y no me refiero solamente a las situaciones de conflicto armado. La violencia tiene muchas manera de manifestarse.
Cuando uno llega a San Salvador, le llama la atención la fisonomía de sus casas y de toda la ciudad. Pocas dejan ver su puerta principal libremente, siempre hay una verja, coronada de alambres de espinos y cámaras de seguridad, en algunos casos. Cualquier acceso a la vivienda está, generalmente, bien protegido contra los más que habituales atracos. Las calles son una sucesión de cajas metálicas, por las que apenas nadie se aventura a caminar una vez se pone el sol y a lo largo de las cuales sólo cabe circular en automóvil, que además raramente se detendrán en los semáforos en rojo a partir de ciertas horas. Y eso por las avenidas principales, porque los pasadizos secundarios están siendo cerrados al tráfico para que no se pueda entrar en ellos sin haberse identificado previamente ante el inevitable guardia de seguridad. Se calcula que en toda Centroamérica trabajan unas trescientas mil personas en el negocio de la seguridad, en la región más violenta del mundo y donde se producen más muertos por habitante sin estar en situación de guerra.
Las ciudades y sus gentes se han ido adaptando a esa situación, con todo lo que implica. Las nuevas avenidas y autopistas que surcan el área metropolitana dejan sitio para que a la par sigan proliferando grandes superficies comerciales, que ofrecen todo el ocio imaginable. Si usted quiere pasar el día con la familia probablemente la única opción que tenga sea meterse en un gigantesco mall, donde podrá vestirse con Zara, comer con McDonals o divertise con la última propuesta de Disney. Eso sí, protegido por una legión parapolicial pertrechada con las armas de calibre grueso que gastaban en las mejores aventuras de Stallone y Charles Bronson. Ese gasto en seguridad le supone a la región contar con un 25% menos de PIB, seguramente una cifra comparable a la cooperación internacional o las remesas de la población emigrante. Por no hablar de la dependencia y el gasto energético que implica un urbanismo basado en el consumo constante de terreno, y unos hábitos de movilidad condicionados por el miedo a poner los pies sobre las aceras.
La última sensación capitalina, sin embargo, es algo que va en sentido contrario. En Sta. Tecla, dentro del área metropolitana del Gran San Salvador, a su alcalde se le ha ocurrido peatonalizar una de las calles del centro histórico. La escena del Paseo del Carmen la conocen bien ustedes en España, afortunadamente: bares, puestos de artesanía, terrazas, música, gente paseando y disfrutando de un momento de ocio. Eso que nos puede parece trivial e incluso frívolo para un país empobrecido, es una conquista del espacio público al servicio de la salud mental de todos. Descansar y socializar sin miedo es también una necesidad, algo a lo que hay que aspirar.
Un amigo argelino, exiliado político en España, me contó que lo que más le había impresionado, mucho más que nuestro nivel material de vida, era poder pasear por nuestras calles sin mirar atrás ni tener que pegarse a la pared para prever y evitar agresiones.
La próxima vez que salgan a pasear con los niños o de cañas con sus amigos, piensen cómo sería si no pudieran hacerlo siempre que quisieran y sin ningún tipo de angustia.

Miquel Carrillo, 21/12/2012

http://blogs.elpais.com/3500-millones/2012/12/el-derecho-a-pasear.html

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